La temporada 1986-87 fue un punto de inflexión en la historia de RCD Espanyol. Después de varios años de luchas y altibajos, el equipo dirigido por el entrenador Javier Clemente se encontraba en una fase de transformación, con una plantilla que combinaba juventud y experiencia. Nombres como Lluís Carreras, Toni Jiménez y el legendario Raúl Tamudo se mostraron como pilares fundamentales en un equipo que empezaba a soñar en grande.

El camino hacia la Copa del Rey no fue fácil. Enfrentándose a equipos de renombre y con una afición que nunca dejó de alentar, el Espanyol mostró un carácter resiliente. La semifinal contra el Real Betis fue un duelo épico, donde la estrategia de Clemente y la entrega de los jugadores brillaron. A pesar de las adversidades, el equipo logró avanzar a la final, donde se enfrentó al sorprendente equipo del FC Barcelona.

El 27 de junio de 1987, el Estadio Santiago Bernabéu se convirtió en el escenario de una batalla memorable. La tensión era palpable, y la rivalidad con el Barcelona añadía un sabor especial a la final. El Espanyol, impulsado por su afición, mostró un juego valiente y decidido. Con un gol que resonó en el corazón de los aficionados, el Espanyol se alzó con la Copa del Rey, coronando una temporada que quedaría grabada en la memoria colectiva del club.

Este triunfo no solo simbolizó la conquista de un trofeo, sino que también representó un renacer para la afición perica. La temporada 1986-87 se convirtió en un símbolo de unidad y determinación, donde el Espanyol demostró que, con trabajo duro y pasión, cualquier meta era alcanzable. La historia de esa temporada sigue siendo contada entre los aficionados, recordada como un capítulo glorioso que ilustra el espíritu indomable de los Pericos.